lunes, 25 de septiembre de 2017

El “edadismo”: la amenaza silenciosa para los mayores



En el Día Internacional de las Personas Mayores, 1 de octubre de 2017, se viene a insistir en la necesidad de luchar con firmeza contra una de las lacras más extendidas en nuestro tiempo: “el edadismo”. En conjunto se trata de una percepción distorsionada de este grupo de edad por una buena parte de la sociedad, común a las diferentes culturas y países, basada en imágenes negativas y creencias falsas, que acaba afectando a su esfera social, vital y de salud.   

El envejecimiento como éxito de la salud

Frente a las posturas y corrientes negativas, se impone, sin embargo, la realidad más contundente y es que el envejecimiento es una seña de identidad de nuestra época y está asociada inequívocamente al progreso.

Como fenómeno emergente desde luego que debe ser observado y analizado. El informe Perspectivas de la Población Mundial correspondiente a 2017 prevé que la población de 60 años o más se duplique en torno al 2050 y se triplique para el 2100. En 2017, se calcula que hay alrededor de 960 millones de personas con 60 años o más, un 13 por ciento de la población mundial. Este grupo crecerá en torno a un 3 por ciento cada año. En Europa ya supone cerca del 25 por ciento. Ese envejecimiento alcanzará a otras regiones del mundo en 2050, con la salvedad de África con un crecimiento mucho más atenuado. En este envejecimiento, que ya puede considerarse estructural, es decir, integrante natural de las poblaciones, se contempla a las personas mayores como elementos de contribución activa al desarrollo, entendiendo su indudable capacidad para mejorarse no sólo a sí mismas sino a la sociedad a la que pertenecen.

Un indudable avance en la integración desde 2002

Hoy se conoce cuál es el camino a seguir y que no es otro que procurar desactivar las barreras y facilitar los mecanismos de integración plena de las personas que han perdido su presencia social bien por la jubilación o por la propia edad.

Como antecedente de este enfoque nuevo hay que situar la fecha del 26 julio al 6 de agosto de 1982 y el lugar Viena, Austria, donde tuvo lugar la I Asamblea Mundial Sobre el Envejecimiento.  
El Preámbulo de su Declaración institucional promulgaba que “Las naciones reunidas reconocen solemnemente que la calidad de la vida no es menos importante que la longevidad y que, por consiguiente, las personas de edad deben, en la medida de lo posible, disfrutar en el seno de sus propias familias y comunidades de una vida plena, saludable, segura y satisfactoria y ser estimadas como parte integrante de la sociedad”. Todo un juicio de intenciones que venía a situar la importancia de la participación al nivel de la misma salud.

Veinte años después, en 2002, y ya en el seno de la Comunidad de Madrid, la II Asamblea Mundial fijaba las líneas a seguir y los compromisos de los estados con lo que definitivamente se va a denominar un “envejecimiento activo”. Esta nueva filosofía quedará recogida en la Declaración Política y el Plan de Acción Internacional de Madrid sobre el Envejecimiento. Entre sus objetivos destacaban tres direcciones: la primera es la relativa a las personas mayores en cuanto sujetos de desarrollo permanente; la segunda la promoción de la salud y el bienestar en la etapa de la vejez, y la tercera el fomento de entornos adecuados y favorables lo que ahora conocemos como “ciudades amigables” para las personas mayores.


El Plan debía revisar sus logros que ciertamente serían desiguales pero asimismo irreversibles. A fecha de hoy toca ya poner la atención en las garantías de un acceso equitativo a la atención sanitaria, a la salud mental, a la discapacidad y a los cuidados en general. Pero, además incluye el área emocional: prevenir la negligencia, la violencia y el maltrato contra las personas mayores y, algo esencial, el derecho a envejecer en la comunidad donde se ha vivido, respondiendo al deseo del colectivo que manifiesta querer mantenerse en sus casas todo el tiempo posible.

Pero el reciente Informe Mundial sobre el Envejecimiento y la Salud nos recuerda, además de la revolución demográfica en la que estamos inmersos, con un predominio de personas de 60 años y más en todo el mundo, las amenazas que penden sobre esta población y que vienen a confluir en una imagen distorsionada de este grupo de edad. La experiencia nos dice que las imágenes negativas pueden convertirse en realidad, lo que lleva a una especie de pasividad consentida y a una aceptación del deterioro que se produce cuando esas ideas se adueñan de la realidad. Basándose en estudios comparativos con otras formas de minusvaloración puede afirmarse que la discriminación por motivos de edad constituye hoy una forma más generalizada de discriminación que el sexismo o el racismo, tal y como se pone de manifiesto en el Informe.


La lacra de las imágenes negativas

Si bien las investigaciones en nuestro país sobre este problema no son todo lo actuales y amplias que fuera deseable, las distintas referencias documentales sobre el asunto, permiten extraer una suerte de “decálogo de la discriminación por edad” que podría configurase así:

Más del 60% de la población española era de la opinión de que a partir de los 65 años se produce un considerable deterioro de la salud, que se manifiesta más o menos de este modo:

  • Las personas mayores tienen un manifiesto deterioro de su memoria
  • Se hacen dependientes de los demás
  • Son menos activas
  • Son rígidas e intolerantes
  • Son irritables
  • Son como niños
  • Los defectos se agudizan con la edad

Y en torno al 50% de la población consideraba que las personas mayores de 65 años son:
  • Seniles
  • Peores que los jóvenes resolviendo problemas
  • Peores en el trabajo en general
Lo más significativo de estas percepciones es que tanto la clase social como la educación no parecen tener influencia en su aceptación, por lo que podrían advertirnos de un cierto carácter “endémico” o estructural en nuestra sociedad. Lo que complica su erradicación.

Estereotipos sobre la vejez en España: evolución en un período de 15 años

Fernández-Ballesteros. IMSERSO. Envejecimiento activo. Libro Blanco.  Madrid 2011

La falsedad de los estereotipos

Esta opinión de la población, que afortunadamente parece que va declinando con el correr de los años, choca frontalmente con la evidencia de los hechos. En efecto, si cruzamos los datos de los estudios de participación clásicos de nuestro país como son la “Encuesta de presupuestos familiares”, “La encuesta de condiciones de vida” y la propia “Encuesta de personas mayores” del IMSERSO, nos ofrece un panorama bien distinto que dejaría en evidencia la falsedad de los estereotipos. Lo que se pone de manifiesto es que casi el 100% de las personas mayores desempeña un trabajo no remunerado que revierte en la sociedad. En el caso de las mujeres supone casi 8 horas diarias y en el de los hombres casi 5 horas por jornada. Se trata de trabajos colaborativos de naturaleza productiva y en prácticamente todos los ámbitos domésticos, pero con especial referencia a la atención y cuidados de otros: niños, enfermos o a otros mayores.

Horas semanales totales y promedio semanal de horas dedicadas al cuidado de otras personas por edad. Personas de 65 y más años

Encuesta de personas mayores 2010. Imserso. Libro Blanco del Envejecimiento activo. 2010


El papel de los profesionales y cuidadores

La percepción negativa sobre las personas de edad pasa de la sociedad a los propios mayores que acaban por asumir algunas de estas creencias. Pero lo más relevante es que puede alcanzar, de forma consciente o inconsciente, también a los profesionales. Las actitudes negativas se pueden introducir inadvertidamente en los distintos centros asistenciales.

Es así como médicos, enfermeros, trabajadores sociales, terapeutas, psicólogos y otros profesionales pueden ser víctimas de los estereotipos hacia las personas de edad avanzada, de una forma más o menos pasiva, sin ser quizá conscientes de ello. Algunos elementos a tener en cuenta en su génesis podrían ser los siguientes:
  • En primer lugar, estar demasiado expuestos al deterioro biológico del paciente mayor, lo que en cierto modo presupone y condiciona la respuesta profesional, que se reforzaría de manera también inadvertida en el posible deterioro cognitivo.
  • En segundo lugar, por la posibilidad de caer en el proceso de generalización de los individuos del grupo en contacto con el profesional, en relación al conjunto del grupo.
  • En tercer lugar, por tener que afrontar frecuentemente un envejecimiento patológico que “no deja ver” el envejecimiento natural (activo y participativo) común a la mayoría.
  • En cuarto lugar, por la presencia de sobrecarga y estrés que padecen a menudo los profesionales ante situaciones de deterioro físico, mental, dolor e incluso muerte, que condiciona una posible actitud más relajada y abierta hacia el grupo de edad.

Si bien es cierto que estos prejuicios no se observan de forma consciente entre los profesionales, sino de forma inconsciente, puede servirles de ayuda en su tarea el orientar su atención a las personas mayores desde una perspectiva más neutra respecto a la edad, que evite las presunciones y las valoraciones asociadas al grupo.

En suma, si evitar la discriminación por edad es tarea de todos, los profesionales hemos de predicar con el ejemplo.




José Antonio Pinto. Área del Envejecimiento. Salud Pública.